jueves, 11 de enero de 2018

DESMONTANDO MACARRAS. ESOS TARADOS SOCIALES.







Existe un fenómeno muy extendido en el submundo de la calle, muy conocido por todos, pero que en pocas ocasiones es objeto de reflexión por nuestra parte, al estar asumido por la sociedad con absoluta cotidianeidad: Los macarras.

Aquí dejo mi humilde visión del tema a través de una personalísima clasificación, advirtiendo de que cualquier parecido con la realidad es totalmente intencionado:




1. DE LOS MACARRAS SUPERVIVIENTES

Quién heredo esta desgracia de su entorno familiar, no solo debe superar las referencias que adquirió durante la infancia como reflejo de sus padres, sino que además  deberá combatir un entorno hostil, donde el aprendizaje de este tipo de actitudes constituye la única forma de defenderse de los individuos poco reflexivos que les rodean. Se podría decir que quien padece unos padres macarras está casi condenado a imitarles durante los primeros años de vida, pudiéndose librar de esta conducta espejo a partir de la pubertad, época en la cual se empiezan a tomar nuevos referentes del entorno social. Algunos chicos nacidos en este tipo de familias consiguen  contra viento y marea, escapar de la absurda premisa de aparentar ser un tipo duro a todas horas. Mi más sincera admiración por su valentía. ¡Bravo por ellos!



2. DE LOS MACARRAS VOLUNTARIOS

Son a este tipo de personas y a otro que comentaré después, a los que me refiero como “tarados sociales”, ya que eligieron ser así.

Normalmente este tipo de perfiles se forjan durante la pubertad en quienes no provienen de familias desestructuradas y cuyos progenitores o  tutores no son delincuentes, toxicómanos o pertenecientes a cualquier otro grupo de riesgo. Estos individuos parecen haber desarrollado apariencia fiera preventiva como medida disuasoria para compensar ciertas carencias de personalidad. Suelen vanagloriarse exagerando actos propios tales como peleas, actos delictivos, enfrentamientos con la policía o intimidaciones a otras personas que interpretan como actos de valentía y de los cuales creen erróneamente les otorgan cierto grado de peligrosidad.

 Para comprobar lo que a continuación relato, solo hay que sentarse cerca de un grupo de macarras de esos que se reúnen en parques o rincones poco transitados de los pueblos y ciudades.

¿Cuántas veces hemos oído frases como estas?:

“Eso me lo hace a mí y le doy una que lo mato”, “si lo llego a coger lo reviento a ostias”, “conmigo no se juega”,  etcétera, etcétera y una larga lista de  etcéteras que constituyen una serie de fantasías y bravuconadas necesarias para acercarse a la hipotética persona que desearían ser. Pero además dentro de un círculo de macarras, estas muletillas son necesarias para forjarse una reputación que tal vez les será útil para ganarse el respeto de sus propios compañeros de corrillo.

Pues bien, hasta aquí todo normal. El problema comienza cuando este tipo de conductas empiezan a afectar a los demás ciudadanos que no forman parte de estos círculos. Y esto es así porque el macarra que decidió serlo durante la adolescencia y que quiso formar parte del grupo al que todos respetaban en el barrio, pueblo o instituto, se cree con derecho a ser temido, pues para eso sacrificó su integración social plena, para defenderse de su miedo, para defenderse de sí mismo y para no tener que asumir su cobardía.




3. DE LOS MACARRAS VOLUNTARIOS CRÓNICOS.

 

Me refiero a este último grupo como los que habiendo pertenecido al anterior, no evolucionaron a través del devenir de los años y a quienes peinando canas siguen instalados en la añoranza de una época que les reportó el reconocimiento de unos, el temor de otros y la admiración de esas muchachas que gustan de la cercanía de los chicos malos. Tiempos gloriosos que no volverán a pesar de la reiteración de hábitos y comportamientos. Esta cronicidad suele venir de la mano del alcohol y drogas que encrudecen la atrofia cerebral originada por consumos iniciados demasiado pronto. Por ejemplo el consumo de cannabis iniciado antes de la madurez final del cerebro, es decir antes de los 30 años en chicos y de los 21 en chicas, produce pérdida de capacidad intelectual de por vida, mientras que cuando el daño se origina por el consumo de cannabis posterior a estas edades, éste es completamente reversible. Por el contrario, hasta aproximadamente los 40 años de edad, los alcohólicos pueden recuperarse totalmente de la atrofia cerebral física, (consistente en la pérdida de masa encefálica) que hace que nuestro cerebro encoja y adquiera forma de nuez. Otra cuestión muy diferente es recuperarse social y emocionalmente.








Lo más doloroso de todo esto es que estas personas tienden a combatir a la sociedad enfrentándose entre otros a los más débiles e inocentes, siendo así desaprovechadas para la lucha de clases, donde a ciencia cierta serían más útiles al colectivo.
Si eres un tipo duro de verdad, seguramente no te has reconocido en estos dos últimos grupos, pero si eres “Un macarra de pastel” y estás leyéndome, probablemente pensarás:  “Como coja al payaso que ha escrito esto le parto la cara”, cosa que no va a pasar ya que todo el mundo sabe que los abusones se bloquean cuando  les plantan cara, pero aun así te sugiero que reflexiones acerca de mi visión (estrictamente personal) de tu problema, y espero verte canalizar tu odio en la próxima manifestación contra tu verdadero enemigo, es decir, contra el poder establecido que te mantiene aletargado e inoperante.
 

 

 


 

 



 

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